Hagámosle un PARE al uso de niños para mendigar en semáforos

Los últimos días quizá han sido los más húmedos y fríos en la ciudad de Popayán
y mientras muchos padres de la ciudad no escatiman esfuerzos para evitar corrientes en los más pequeños o abrigar a lo máximo a los pequeñines para evitar resfriados entre otras enfermedades respiratorios, otras personas permanecen por horas con niños buscando la caridad pública en semáforos de Popayán.
Los casos no son pocos, mujeres, parejas incluso adultos mayores se vienen tomando los semáforos de la ciudad, con pequeñines en brazos o en coches que son exhibidos para lograr la atención y aumentar la sensibilidad  de conductores o pasajeros.
Los andenes del centro histórico no se escapan de esa práctica, mujeres con niños en edad de amamantar acuden a la caridad pública acudiendo al impacto que genera ver a un niño en una situación vulnerable.
La cantidad de niños utilizados, instrumentalizados para mendigar va en aumento y no se ve a quien le ponga un PARE a esta situación.
No se puede desconocer que familias en situación de pobreza extrema no tienen otra opción de acudir a la ayuda ciudadana, pero es inquietante que la práctica ahora sea tan común.
Los cruces semaforizados en Popayán como en cualquier otra ciudad del mundo, son los que exponen a quienes están allí a gran contaminación por gases y ruido. Imagínese el efecto de un bebé allí en ese sitio por horas todos los días.
Esta práctica, si bien no es un delito, sí atenta contra el niño en la medida en que vulnera su derecho a la integridad personal, los priva de tener una infancia, los puede llegar a afectar física y emocionalmente, y los expone a la mendicidad y a toda suerte de riesgos y abusos en la calle.
El «Código de Infancia y Adolescencia»  dicta las medidas de protección para impedir que los niños, niñas y adolescentes sean explotados laboralmente, además de incitar a la desescolarización vulnerando los derechos a la educación
El código expresa dentro de sus principios y definiciones “La explotación económica por parte de sus padres, representantes legales, quienes vivan con ellos, o cualquier otra persona. Serán especialmente protegidos contra su utilización en la mendicidad”.
El código de Policía también regula esta práctica.
La normatividad rectora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar obliga a brindar atención ante esta situación. Pero el fenómeno es recurrente y parece que nadie hace nada.
La escena es permanente en los semáforos y andenes de diferentes sectores de la ciudad, pero aún más en el norte: mujeres con niños en brazos, o tomados de la mano, mientras ellas abordan a transeúntes o serpentean en medio de vehículos en cada cambio de luz roja a verde, ofreciendo lo que tienen para vender, que por lo general son dulces o simplemente parados allí en un esquina buscando llamar la atención.
Aunque algunos parecen venezolanos que están en pleno recorrido hacia el sur del continente donde dicen tienen más oportunidades. Otros parecen de esta región que aprovechan la gabela que se ha dado para mendigar con niños.
Nos preocupa que esta práctica vaya más allá y se esté reviviendo una reprochable práctica que se descubrió años atrás en Colombia, el alquiler de menores para la mendicidad.
Recientemente estudiantes de Periodismo en la Fundación Universitaria de Popayán, hicieron un ejercicio para determinar cuánto se recoge en un semáforo en la ciudad, solo en el punto de Campanario en una jornada de 6 horas, poniendo dulces en parabrisas, una joven logró $80.000.
Preocupa que el uso de niños vaya encaminado, exclusivamente a cuadriplicar esas cifras.
Las Siete

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